El peor pecado para con nuestras criaturas amigas, no es el odiarlas,
sino ser indiferentes con ellas, esa es la esencia de la inhumanidad.

*George Bernard Shaw

martes, 28 de abril de 2009

TRISTE Y AZUL


Me gustan los obituarios. Creo que ya lo he contado alguna vez: lo primero que leo de un obituario es la edad del difunto. Hay difuntos jóvenes y difuntos viejos. La frontera entre la juventud y la vejez es cambiante porque depende de la edad del que la contempla. A los 20 años la gente de 50 nos parece mayor, pero cuando llegamos nosotros a los 50, el chip ha cambiado. Yo conocí a una señora que vivió casi un siglo y enterró a todos sus coetáneos. La vi en el funeral de una íntima suya, casi tan vieja como ella. Consciente de que le tocaba el turno, la señora no paraba de repetir, señalando el féretro de la amiga: «¡Pero si era joven!». Su frase me pareció muy ilustrativa. Para quienes bordean los 90, sólo los viejos de 100 son realmente viejos.
La edad, maldita edad. A fuerza de falsear la biografía propia, mucha gente llega a cambiar la Historia. Las personas que se quitan años intentan sembrar la idea de que tienen menos años de los que realmente cumplen. Pero eso es un acto de coquetería fallido. Al final, todo el mundo les calcula el doble de edad.
No se qué edad tendría el gato Soseki cuando murió. Ni lo quiero saber. A juzgar por lo que ha escrito Sánchez Dragó, era joven y gozaba de una vitalidad envidiable. El envejecimiento de las personas (humanas o animales, qué más da) nos prepara mentalmente para la muerte. Pero Soseki se ha ido muy pronto de este barrio y su dueño (que nunca lo fue, pues nadie llega a adueñarse de un gato) está ahora poseído por un profundo sentimiento de orfandad. Quien sabe: a lo mejor Soseki era inmortal y su paso por esta vida sólo le ha servido de apeadero. A Terenci Moix le conocí un gato que era faraón (Smenkaré), y con Fernando llegué tarde para conocer a Soseki, que se ha quitado de en medio siguiendo el radical procedimiento de los kamikaces.
El blog de Dragó (Dragolandia), que ahora está a media asta en señal de luto, ha recogido comentarios desapacibles de los lectores. Hermosos también, pero eso no sorprende. Ante un trance luctuoso lo mínimo que cabe esperar es silencio. A Fernando lo han llamado vago por abandonar el blog para lamerse la herida de la ausencia. Es injusto. Esta sociedad regala días libres por la muerte de un familiar al que odias, pero los niega por la muerte de un animal al que amas.
La muerte de Soseki me pone sobre aviso. El día que Soseki murió, una de mis gatas (Troskita, la reina de la casa) estaba desaparecida en combate. Y digo bien: en combate. Tras largas horas de ausencia, llegó hasta la puerta de la cocina hecha un cuadro. Yo no me quito años, pero se los quito a mis gatas. Hoy le hablo de Soseki a Troskita, que empieza a mover lentamente el rabo. Ella está en su penúltima vida. Todavía nos queda tiempo para salir juntas al jardín a afilarnos las uñas en los árboles.

(*)Fuente: Carmen Rigalt (Publicado en El Mundo, 04-12-08)

2 comentarios:

Duncan de Gross dijo...

Jejeje, muy bueno este artículo de la Rigalt, siempre es así de fina, me gusta su manera de escribir, un besote!!

Azuquita dijo...

No sabia lo del gato de Dragó. Que penita, yo espero que a los mios aún les queden las 7 vidas. Me horroriza pensar que algún día no estarán conmigo.

RIBA

Hermoso... amigos mios. Quería compartirlo con todos vosotr@s. Feliz día...

HERÁCLITO EL OSCURO

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